Con dos cojones… y un palo

Con el riesgo y la imprudencia que tiene generalizar sobre cualquier asunto, creo que la gran mayoría de los hombres, y en especial los españoles, piensan -pensamos- que con tener los cojones bien puestos se puede encarar el día a día perfectamente. E incluso salir airoso de muchos trances que surgen sobre la marcha.

Me lo espetó un entrenador de fútbol que tuve en mis años mozos, poco antes de comenzar un partido. “Rodri, sal al campo y demuestra lo que sabes, pero con dos cojones”. Fue un choque feo, con fuerte viento y frío, que se jugó en un campo de los de antes, embarrado, tirando a pasto, de esos en los que un defensa que se precie debe limar sus tacos de alumnio en las botas para marcar terreno. El míster tuvo razón, ganamos 0-2, pero con dos cojones.

Le ocurrió a Pedro Sánchez, cuando fue expulsado del PSOE. “¿No hay cojones a presentarte otra vez para dirigir el partido?, le retó un socialista afín a Susana Díaz. Y el resultado, ya lo habéis visto.

El que les tiene bien gordos es el ministro Montoro. Sí, ese que está saqueando a la clase media de este país. “En 2019 bajaremos los impuestos”, ha dicho, contundente, al parecer sin darse cuenta que ese año se celebrarán elecciones…

Y qué decir de Sir Thomas Leadbeater respecto a lo que aconteció en la primavera pasada en su pequeño palacete de fin de semana, situado en el británico Condado de Nottinghamshire, junto a una colina densamente arbolada, especialmente de robles, y cercana al bosque de Sherwood. Ese mágico paraje en el que abundan los escarabajos y aletean con elegancia las mariposas, y en el que llegó a esconderse el mismísimo Robin Hood, el príncipe de los ladrones, el Cañamero de la Edad de Media, con sus secuaces.

Ocurrió que Lady Sarah, la esposa de Sir Thomas Leadbeater, decidió adelantar dos días su estancia en dichos aposentos campestres, con la excusa de acondicionar la casa ante la convenida cena de invitados de cierta enjundia que esperaban para el domingo.

Sir Thomas Leadbeater no quiso ser menos, y con el ánimo de sorprender a su amada, y por qué no, echar una mano en las tareas domésticas, decidió también llegar un día antes de lo previsto a Nottingham. Nada más girar la llave y empujar la magnífica puerta de madera de abedul de la entrada, el señor de la casa se encontró de bruces con su esposa. Pero no a una Lady Sarah cualquiera, ansiosa por el reencuentro con su marido, sino a una mujer en paños menores, de blanquecina piel y sudorosa, en pleno fornicio, haciendo lo que el gran Chiquito de la Calzada define como guarreridas españolas. Y nada más y nada menos que con su fiel jardinero, de origen gaditano, al que llaman Antonio de Entrerríos y Mosales, y apodan “El trabuco”, sobre el que cabalgaba, nada forzada, encima del magnífico sofá capitoné de estilo victoriano, auténtico protagonista de un soberbio salón, valorado en más de 30.000 libras. Y con Simmons y Garfunkel, los dos canes de la casa -un Border Collie, el primero, y un Yorkshire Terrier, algo ladrador y muy pesado, el segundo-, como testigos de excepción de la corrida.

 

Un joven, el tal Entrerríos, de pelo rizado y tez ligeramente oscura, de buenos modales y exquisito trato, además de culto y bien dotado junto a las ingles -de donde le viene el mote-, por cuanto de la entrepierna sobresale un manubrio consistente, apto para el taladro, que el impetuoso jerezano utilizaba en el preciso instante en el que Sir Thomas Leadbeater abría la puerta de su mansión, para horadar con prestancia y puntería milimétrica a su añorada esposa. Y todo ello, sin importarle mucho a “El trabuco” -por no decir nada-, el poco futuro laboral que se le avecinaba en esa familia de postín para la que trabajaba desde hacía una docena de años por unas miserables mil doscientas cincuenta y cinco libras con ocho centavos al mes, si su amo llegaba a enterarse de su affaire con Lady Sarah.

Como así pasó, pues se veía venir, pero con dos cojones, y un palo, que diría aquél.

El señor de la casa no quiso ser menos y dió carpetazo al asunto con su habitual flema inglesa y de la siguiente guisa: “Cariño, si no te importa, cuando os soltéis, sería conveniente que Antonio regara también los gladiolos del jardín, que también necesitan de su amor y delicada atención, que para eso le pagamos religiosamente. Y, por cierto, Antoñito, este mes te reduciré el sueldo a 950 libras, que el resto, como según parece, ya se te paga en especie”.

Y se marchó a jugar al críquet.

Con dos cojones

 

Feliz verano

que el mio empieza mañana

Os dejo “Condena de amor”, temazo de Radio Futura

y la versión que hicieron Ariel Rot y Jaime Urrutia

 

 

 

 

 

Reto de las frases #3

Y colorín colorado, con esta última frase que os voy a lanzar hoy, este reto se ha acabado. Muy buenas chicos y chicas, ávidos lectores de este humilde juntaletras, contador de cosas. Ante la insistente demanda en vuestras cartas, correos y mensajes de texto (jajajajajaja), no puedo otra cosa que volverme a sentar delante de la […]