Willy

Hoy me echado un nuevo amigo. Vecino mio para más señas. No sé como se llama, ni falta que hace. Tampoco hemos hablado, pero nos entendemos con la mirada. Me sorprende la suya. De frente. Directa y limpia. Sin esconder sus ojos ni pestañear. Impone respeto. Transmite calma, seguridad y control de la situación. Me gusta quedarme un rato mirándole y tratar de descifrar lo que pasa por su cabeza, sus pensamientos, ilusiones o retos, si los tuviera. Me pregunto si él pensará lo mismo de mi. Si cuando me observa me está retando o invitando a pasar a su hogar. Aunque, quizás, tan solo este pensando que quién es ese imbécil que se asoma por la ventana y rompe su monotonía y tranquilidad. Pero algo me dice que hemos conectado. Con solo una mirada ha bastado. A lo mejor yo también le impongo respeto y está esperando una orden mía, un gesto, una voz, un algo. Lo que sea, para poder actuar y ejecutar. Pero no me sale. Sólo me quedo mirándole como un bobo, esperando que sea él quien mueva primero la pieza del tablero en el que jugamos la partida.

Le he puesto Willy de nombre. Sé que no se llama así, pero a mi me sirve, y creo que a él también. Acabo de hacer la prueba, le he llamado y ha estirado las orejas. Luego ha salido de su caseta y se ha colocado bajo mi ventana a esperar no se qué. Me ha ladrado y después ha movido el rabo sin dejar de observarme. Dicen que cuando los perros lo hacen es que se ponen contentos. Y entonces le he guiñado un ojo, como agradecimiento. No sabía que otra cosa hacer. Willy es un perro de caza. Joven. Calculo que no llega al año. No entiendo mucho de razas caninas, pero su dueño es cazador, y Willy tiene pinta a de ser bueno en lo suyo. Apenas sale un rato cada día a estirar las piernas. Siempre por la tarde, cuando cae el sol. Llega su amo, le cambia los platos de comida y agua, y asea un poco la pequeña estancia mientras Willy sale a dar un paseo por los alrededores del barrio. Le gusta mucho porque se le oye correr y ladrar de un lado para otro sin parar. Es feliz en ese instante.

Y nos hemos hecho amigos. O eso creo. O eso quiero creer. No abundan últimamente las personas que te escuchan y te comprenden. Y Willy, aunque es un animal, lo hace. Sé que me sigue con su penetrante mirada desde la distancia que nos separa. Le delatan sus alargadas orejas que, como antenas de televisión, se le disparan hacia arriba en cuanto asomo la cabeza por la ventana para saber de él.

Escribo estas líneas a mano en un cuaderno. Le escuché un día al escritor Juan Manuel de Prada que es la mejor forma de escribir, porque las palabras y las emociones bullen y fluyen por si solas con papel y boli.

Willy acaba de salir de su caseta y está posando para mi. Sabe que estoy pensando en él. Y he decidido hacerle unas fotos y leerle lo que estoy escribiendo. Creo que le ha gustado. Ha levantado una de sus patas hacia mi posición como diciendo que está bien. Que da su visto bueno. Que no le importa que se lo cuente a todo el mundo. Y se ha dado la vuelta, despacio, ebrio de soledad también, para regresar a su humilde morada. Y después ha bebido un poco de agua, se ha tumbado y ha cerrado los ojos. “Adios, Willy, hasta mañana”, le he dicho, esta vez sí. Y le he dado las gracias.

Y mientras me despedía de mi nuevo amigo, he encendido un chester con mi viejo Zippo, y le he pegado otro sorbo al segundo café del día, ya frío, pero satisfecho, para disfrutar de la paz del momento. Y al darme la vuelta para marcharme, he escuchado una voz de alguien que me preguntaba, “A ti también te pasa, verdad?”. “Creo que sí”, he contestado, no sé muy bien a qué o a quién, mientras le daba la última calada al cigarro antes de apagarlo en el cenicero, cerrar la ventana y echar un último vistazo a la caseta para cerciorarme de que Willy dormía plácidamente.

Escucho Amigo, de Roberto Carlos, dedicada a Willy

Y Ebrios de soledad, del Gato Pérez, versionada por Moncho

El patio (I)

Os lo voy a contar todo

Esa mañana Pedro no quería ir al colegio. Juan, su mejor y único amigo, vecino del barrio, le había contado un día cómo podía engañar a sus padres y escaquearse de clase cuando quisiera. Le había explicado que si se comía un par de tizas cuando se fuera a dormir por la noche, al abrir los ojos y levantarse tendría unas décimas de fiebre. Las suficientes para tener la excusa perfecta y poder quedarse en la cama.

Probaría suerte.

La tarde anterior se hizo el ausente en casa. Acudió al baño en varias ocasiones sólo para tirar de la cadena y hacer ruido para que su madre percibiera que algo le pasaba. Ni siquiera encendió la tele para ver cómo la señora Fletcher, su serie y detective favorita, resolvía un nuevo crimen. Apenas cenó nada, salvo un tazón de leche con colacao y un par de galletas que ingirió con desgana. Se fue…

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