La chancleta

Buenas chicos. Aquí sigo, por el sur más al sur de España apurando los últimos días de asueto que me quedan. El aire de levante sopla ahí fuera de cojones, como que nos quiere largar de aquí, y nos está trastocando un poco los planes. Estirar la toalla en la playa es misión imposible y ha habido que cambiar de modus operandi sobre la marcha. Tampoco es problema, porque como ya he escrito alguna vez, a mi la playa como que me la refanfinfla un poco. Mientras haya bares, qué lugares, se puede sobrevivir y disfrutar de la vida sin tener que sufrir tanto al sol, amén de que puedes echarte unas risas con la gente autóctona y auténtica de este pueblo de pescadores gaditano en el que me hallo, cada vez más turístico, pero que no por ello ha perdido de momento su encanto. Además, que esto de tener  claro que no vas a ir a la playa te deja algo más de tiempo para estar en la cama, que tampoco viene mal después de haberme chiscado anoche una botellita de Barbadillo más cuatro gin tonics y, por qué no, para estar con vosotros un rato compartiendo mis chaladuras mentales, que no es moco de pavo. Y hoy se me ha ocurrido hablaros de chanclas y chancletas, y quizás algo también sobre desayunos, si no me se van de las manos estas líneas, que diría aquél.

Y es que cuando llevas varios días en un hotel compartiendo espacios comunes con otras personas y familias de toda índole y condición, empiezas a sacar conclusiones. Puede que exageradas y generalizadas, pero es lo que tiene escribir de algo. Hay que mojarse e hilar fino si es posible.

Puede que me haya levantado un poco más quisquilloso de la cuenta. Es lo que hay, esto va por días y he decidido saldar cuentas. No sé si os pasará a vosotros, pero no hay cosa que más me saque de quicio que ver a un fulano o a una mengana arrastrar los pies mientras camina con sus chanclas o chancletas, que no es lo mismo. El molesto ruido que producen cuando se menean y la sensación de dejadez y desgana que transmiten es algo que me supera. Debería estar prohibido andar con ellas en los hoteles, por no decir por la calle, o al menos multar a los que no sepan llevarlas como Dios manda. No hay nada como rascar el bolsillo para que la gente se mentalice. El caso es que me da dentera. Como cuando muerdes una manzana poco madura o escuchas el chirriar de una tiza al contacto con la pizarra. No puedo con estos chancleteros de pacotilla que arramblan y acarrean sus pies como si estuvieran arando.

Son peores los que usan chancleta. La chancla es distinta, quizás más llevadera al andar. A diferencia de la primera, ésta última se caracteriza por tener un empeine continuo sobre los dedos del pie, mientras que la chancleta tiene una tira que separa al pulgar del pie del resto de dedos. Las famosas brasileiras de los cojones. Yo soy más de chancla. Llevo usando unas adidas de rayas azules y blancas -las de natación de toda la vida- muchos años. Son silenciosas y tienen una suela más gruesa y un empeine robusto que facilita el caminar.

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Luego está la estética, que alguno/a la tiene en el culo, dicho sea de paso. En vacaciones da la sensación de que todo vale y de que este calzado sirve para un roto y para un descosido. Y no es así. Se ha perdido el saber estar. Es acojonante la pinta que lleva mucha gente cuando va a un restaurante a comer, arrastrando el cuerpo con sus chanclas o chancletas, las piernas llenas de arena, el bañador mojado y enseñando tripa con la camiseta de tirantes de I love Benidorm, por poner un ejemplo, con diez años de uso y disfrute. ¡Vamos no me jodas! Ni al chirinquito deberían dejar entrar a estos tipejos/as con ese look. Me gustaría ver la cara de esos clientes si el camarero que les atiende llevara las mismas pintas que ellos. Seguro que no les gustaría un carajo y no se quedarían a comer en ese lugar. Aunque, bien pensado, no sería mala solución para erradicar a esta especie de los restaurantes y recuperar el señorío. No hay nada como dar a la gente de su propia medicina. Trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti, es uno de mis lemas.

Igual me estoy extendiendo mucho, pero que más da. Hay tiempo. Mi mujer se está duchando, el Levante no amaina, y yo ya estoy listo para salir por la puerta.

Remato este texto quejándome también de los desayunos vacacionales. Y no lo digo por los hoteles, ya que la mayoría están bien servidos, tienen de todo y puedes coger fuerzas para afrontar la mañana. Yo con un café, una tostada con aceite y mermelada, y un zumito, me apaño. Pero hay muchos que ¡válgame!

Es de traca lo que se meten al cinto. A algunos les tienen que dejar un calzador para levantarse de la mesa. La madre de Dios lo que pueden tragar desde por la mañana. Digo yo que así aprovechan y ya no comen nada hasta la noche y ahorran. Aunque me queda la duda de si en su casa, en su día a día, se embuchan lo mismo. Pero lo que más me jode es lo que estorban estos tíos y tías cuando se preparan el menú. Las vueltas que dan por el bufé. Que si a por una tostada, que si luego a por un bollo, que si jamón serrano, que si un poco de choped, que si algo de fruta, que si otro café, que si otro zumito, que si un yogur y unos cereales, que si un cola cao… hay que joderse, panda de tragones. Luego que está cara la habitación. Y al final,  que si yo que si tú, que si la banda del Cocú. Siempre dejan un poco de todo sobre la mesa desperdigado por toda ella. Para las palomas. La que preparan en un momento. Solo hay que ver la cara del camarero cuando recoge. Pagaría por saber lo que piensa mientras llena la bandeja y pasa la bayeta.

Me pinchan con una navaja de Albacete y no sangro. Me agarran de los pies y me colocan boca abajo mirando al vacío sobre el borde de una terraza de un piso veinte, y no me inmuto. Me inmolan con una lata de gasolina súper mientras salto las brasas de una hoguera durante la noche de San Juan en San Pedro de Manrique, y no digo ni pío. Me recorro Australia dando brincos en la bolsa marsupial de un canguro con una cría mordiéndome la oreja y con cuarenta grados a la sombra, y ni sudo. Me atan embadurnado de mantequilla y sésamo junto a una charca repleta de caimanes africanos que llevan dos semanas sin comer, y les hago una pedorreta. Me sujetan entre cuatro mientras otro me hace cosquillas en las plantas de los pies, en las axilas y en el ombligo con una pluma de avutarda durante cinco horas, y no suelto ni una carcajada. Me apunta Harry El Sucio con una Smith and Wesson en los huevos mientras me suelta que le alegre el día, y…bueno, vale ya, creo que ha quedado claro.

Pero ver a una hiena mañanera de estas me vuelve vulnerable. Me revuelve las tripas, resoplo y, lo que es peor, me jode el desayuno. Si es que no hay educación ni delicadeza. Es la ley de la selva.

Aunque lo más cojonudo de todo es que, encima, todos estos son los mismos que arrastran los pies con sus chancletas. Si es que Dios les cría y ellos se juntan.

Feliz viernes

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