La coleta

Sé que no debería, pero aquí estoy otra vez. El brasas me vais a empezar a llamar a este paso, pero es que no lo puedo evitar. Que sí, que ya sé lo que estáis pensando, que estoy de vacaciones y que qué cojones pinto yo a estas horas escribiendo chorradas cuando debería estar tumbadazo en la playa haciendo el vago, asándome de calor y dando vueltas como una croqueta de mar sobre la toalla para ponerme primero rojo, como el atún gaditano, después verde y morado como una lombarda, para acabar negro como un tizón, lo que viene siendo un Makelele, mientras los miles de críos que juegan a mi alrededor chillan, me pisotean, me piden la pelota veinte veces y me llenan de arena hasta los mismísimos lóbulos de las orejas. De las dos. Planazo.

Pues qué queréis que os diga, por eso ya pasé ayer y como que hoy tengo otros planes, como diría Aníbal del Equipo A, pero con un chéster en la comisura de los labios en lugar de un puro cubano.

Pero bueno, que no todo va a ser negativo. El caso es que ayer pasó una cosa curiosa y divertida o al menos novedosa para mi, y así os la cuento. Estaba yo echándome un pitillo relajado junto a mi señora esposa en la playa, pensando en las musarañas y oteando el mar, cuando se me acercó una mujer, algo mayor que nosotros, a pedirme fuego para echarse ella también un cigarrillo. Yo andaba algo despistado y no me fijé hasta que alargué la mano para darle el mechero a la susodicha. Fue en ese momento cuando me percaté de que ésta iba con la parte de arriba del biquini quitada. Con las tetas al aire, dicho de otro modo. Las dos, me dio tiempo a contar. Y aunque pareciera evidente, no sabía muy bien donde mirar. Me pilló de sopetón y pasé algo de apuro, para qué negarlo.

Nunca había dado fuego en la playa a una mujer desconocida como casi Dios la trajo a este mundo.

Y ahora estoy aquí, en la terraza de la habitación del hotel, con unas vistas a la piscina del mismo que reconfortan, a la sombra, sin críos tocando los dídimos, y en lugar de una negra abanicándome, en compañía de una algo enfadada brisa marinera con que se ha despertado el día, que me refresca y, sobre todo, me despeluja.

Y es que el pelo me está creciendo como la mala hierba. A pasos agigantados.

A mi madre, que hace también las veces de peluquera -profesión que ejerció de joven- hace ya un tiempo que no la veo, y van pasando los días y así ando, con la melena desatada como Antonio Banderas en Desperado y con una goma para sujetármela -la melena, no penséis mal, que aún soy un joven cuarentón con mucho amor que dar-. Vamos, que me hago lo que viene a ser una coleta. Lo cual me ha hecho cierta gracia y me está sirviendo para recordar tiempos pasados y no tan lejanos.

De los cuarenta tacos que gasto ya, una docena los he pasado colocándome una coleta detrás de la cabeza, que me corté como los toreros hace diez más o menos. Que no se piense el Pablo Iglesias éste de Podemos que ha inventado nada. Las coletas de Steven Seagal y del menda eran el modelo a seguir. Pioneras. Trendic topic si hubiera existido Twitter en aquél entonces. Primos hermanos los dos. De hecho, y aunque salta a la vista quién es el que reparte más hostias, más de una y de dos veces nos confundían.

Clavaditos. jajajajaja. Seguro que la tetona que me pidió fuego en la playa tuvo dudas y quiso comprobarlo in situ.

Me gusta más llevar el pelo suelto, pero reconozco que la coleta es cómoda y yo solía ponérmela siempre cuando hacía deporte o por aquello de la higiene, cuando curraba con mi padre poniendo tapas, cañas y vinos en el bar de la familia, La venta del fraile, en Valladolid, por si alguno/a quiere pasarse por allí a tomarse algo; ahora lo lleva mi hermana.

En mis años mozos le daba patadas a un balón, y a algún contrario también, en un equipo de un pueblo vallisoletano que jugaba en el grupo castellano y leonés de Tercera División. Viajábamos bastante por la Comunidad y también por España. Y en esos campos de Dios me han llamado de todo sólo por llevar coleta. Era pisar el verde y venga, a por el yogurin del pelito largo. Desde Rociiiiiito hasta Pocahontas, pasando por maricón, en general, y de playa, en particular. Alguno incluso me voceó labrador, que dicho a un futbolista suena como tuercebotas. Cosas del fútbol que se quedan en el pasto, que diría un argentino. Ya se sabe que en este deporte, el espectador, dicen, siempre tiene la razón, así que yo chitón y a jugar. Tenía un compañero en la defensa que era calvo, así que éramos un escojone para las aficiones contrarias, ya que mientras a mi me insultaban por llevar coleta, al otro, le decían que se comprara un peine o que le prestara yo algo de lo mio. Si es que la gente va al fútbol a desahogarse y poner a parir a todo Cristo.

En fin, que Rodri el coleta is back. Y ha llegado para ¿quedarse?

Quien sabe, mientras haya pelo en la cabeza y este no se me caiga o se me vea el cartón más de la cuenta, quizás.

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Que tiemble Iglesias.

 

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2 comentarios en “La coleta

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