La maleta

Cuando uno se va de vacaciones, lo primero y fundamental es hacer la maleta. Y aunque puedes pirarte con lo puesto, raudo a tu destino sin perder tiempo –tampoco viene mal un poco de aventura de vez en cuando-, lo cierto es que la maleta es un elemento indispensable en todo viaje que se precie. A mi me encantan las maletas. O mejor dicho, me priva hacer la maleta, ya sea en la víspera o apenas unos minutos antes de salir, en pleno estrés. Tiene su aquél y me lo paso pipa. Y una vez hecha, si luego lo piensas, te partes de la risa. Al menos yo, que últimamente me río por cualquier cosa.

Maletas hay muchas y de todos los estilos. La mía no es ni grande ni pequeña (la maleta digo), cuadrangular y de color azul cielo, aunque uso también otra de tono amarillo que te lo pillo, del mismo tamaño y formato, que comparto con mi mujer y usamos ambos indistintamente. Así es la cosa: el que primero se decide y se lanza a la misión, escoge color. Y este año me ha vuelto a tocar la azul. Algo que, por otra parte, prefiero, ya que soy un poco supersticioso y el amarillo es un color que me da un poco de yuyu.

El caso es que, decía, hacer la maleta es una de las cosas que más me divierte. Normalmente suele ser al contrario, ya que lo habitual es que la gente se ponga de los nervios solo de pensarlo y unas cuantas parejas han hecho crack en una de estas. Y eso en la ida, así que ya ni te cuento a la vuelta, cuando vas viendo que se te acaban los días de asueto y la pasta, y empiezas a ver la cara del jefe en todas partes y a escucharle en cada rincón, entre susurros, como si fuese un fantasma. “Rodriiiii, Rodriiii, Rodriii, que ya pronto nos vemos, que poco te queda, vete poniéndote las pilas, Rodriii…”. Y te acojonas. Y llamas a Cuarto Milenio, a Tristanbaker o al mismísimo Sursum corda para que te saquen de esta.

Lo primero que busco cuando me pongo a preparar la maleta son los gayumbos. Mi madre me lo recordaba cada vez que me iba de viaje. “¡Rodrigo – siempre me llama por ni nombre cuando está algo mosca o preocupada por algo- ¿has metido en la maleta unos calzoncillos? No te olvides de ellos. Un hombre se viste por los pies y por el estado de sus calzoncillos. Nunca se sabe lo que puede ocurrirte ni con quien, y si te pasa algo, no quiero que te pillen en paños menores o con unos gayumbos dados la vuelta varias veces. Van a pensar que qué clase de madre tienes, tan marrana”.

Madre solo hay una.

Y ya con la maleta abierta, esperando a la marabunta que le viene encima a la pobre, es cuando empiezo a contar. “Vamos a ver, voy a estar diez días, pues doce o trece gayumbos hay que echar mínimo, por si acaso”. Ese por si acaso es la clave de todo. El código Da Vinci. A los que somos de la meseta castellana, donde predominan los veranos largos y calurosos por el día, pero fresquitos por la noche, nos pasa algo de eso. Llenamos la maleta de por si acasos, aunque sepamos que allá donde vamos va a hacer un calor de cojones. Que si un par de jerseys o la cazadora vaquera por si refresca. Que si un par de camisas a mayores por si acaso me mancho el primer día con la emoción. Que si los zapatos de vestir por si acaso salgo a cenar a un sitio caro. Que si las alpargatas por si hace calor y para moverme por el paseo marítimo a tomar unas cañitas antes de comer. Que si los playeros por si me levanto por la mañana pronto a correr por la playa (casi siempre te levantas a correr, pero la persiana o la cortina para que no entre el sol y te vuelves a la cama otro rato, dicho sea de paso). Que si las botas de montaña por si salimos a caminar por el monte y hacemos senderismo. Que si el chubasquero por si llueve. Que si el pantalón que no te gusta pero que como te lo regaló la mujer con todo su cariño y su amor, pues como no lo vas a llevar. Que si las camisetas de tirantes para marcar bíceps y presumir de tatu. Que si… La de Dios es Cristo.

Cuando te quieres dar cuenta ya has llenado la maleta y no has metido todavía lo más importante: el cargador del móvil, el portátil y un par de libros para leer. Hay que joderse. Que sería de las vacaciones sin el móvil para hacer fotos y colgarlas al instagram y al fleisbur, flinsbur, feisbu o como se diga, para dar un poco de envidieja a los amigos y que estos vean lo guapo que eres y que tipo tienes o como te lo montas haciendo el gilipollas en lugar de disfrutar del momento. Y como no vas a meter en la maleta  ese libro que lleva todo el invierno esperando a que le abras y le digas ¿hola que tal, empezamos? No se lee nada en todo el año, pero es llegar el verano y las vacaciones y ¡hala! a leer que son dos días, no sin antes colgar en las redes una fotito con el best seller del momento. Que no se diga, que ya que me pongo, que sea lo último, lo más de lo más. Antes muerto que sencillo.

La maleta, que gran invento. Que haría yo sin ella, sin poder hacerla de vez en cuando, acariciarla, sentirla cuando rueda por la calle elegante y altiva, casi en silencio y sin fisuras, o para, como acabo de hacer, escribir sobre ella.

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Fuente fotos: dreamstime.com

 

 

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