Cafeterapia

Hoy es un día de esos en los que me apetece escribir algo y sobre algo, aunque no se muy bien de qué, ni tengo claro por donde empezar. Las ideas se me agolpan en la cabeza, pero están un poco dispersas. Dejaré que mis dedos me indiquen el camino. Además, es 1 de agosto, el día en el que la mayoría de los españolitos de a pie comienzan sus vacaciones de verano mientras otra buena parte de este país está un poco depre porque ya está de vuelta y ha finiquitado las suyas. Ya lo canta Julio Iglesias: “Unos que vienen y otros se van, la vida sigue igual…”  Aunque igual no es el mejor momento para contar algo y que te lean, que a fin de cuentas es lo que queremos todos los que tecleamos historias de vez en cuando. Yo también soy uno de esos que empieza hoy unos días de asueto y, como creo que me lo he ganado y tengo algo de dinerillo ahorrado, me pienso pirar por ahí a desconectar del mundanal ruido y de la rutina diaria. Lo haré lejos, a un lugar en el que habite el olvido, y actuaré sobre la marcha. Con lo puesto, sin nada en concreto, pero tampoco en común. Solo espero y deseo que haya café.

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Creo que ya lo he contado más veces, pero por una más no importa. Uno de mis mayores placeres en esta vida es tan simple como levantarme cada mañana y poner en el fuego la cafetera italiana de toda la vida. Esperar a que ésta empiece a rugir y a soltar ese olor y ese aroma tan intenso e inconfundible, no tiene precio, y me la pone dura. Y ya no digo nada sentarme cinco minutos con la taza llena de este líquido oscuro y estimulante, después de haberme ventilado una tostada de pan de coscoja con su aceite y su mermelada de naranja amarga, mientras me enciendo un chéster con mi zippo Varga Girl de 1935. Clic. Es en ese momento del día cuando empiezo a existir y a funcionar. A ser persona. La jornada empieza a cobrar forma y ya nada se me pone por delante.

Tengo en casa una cafetera de esas que se han puesto de moda y que funcionan introduciendo en sus tripas una cápsula de un café determinado. Las hay de muchos tipos, pero a mi gustan las de un café que procede de Kenia. Tiene un sabor más fuerte y me carga las pilas. Y aunque estas cafeteras vienen bien para emergencias cuando vas con prisa, porque son rápidas, no es lo mismo.  Las falta alma. Y yo me quedo con la italiana, a la que llamo Sabrina, pero solo en la intimidad.

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Soy cafetero, que no colombiano. Y aunque no los cuento, a buen seguro que cada día me puedo echar al cinto entre seis y siete cafés tranquilamente. Y sin despeinarme. La mayoría solos, con poco azúcar, alguno con hielo, otros ligeramente cortados, los menos, con leche y, de cuando en cuando, algún irlandés. Y mientras tecleo estas líneas acabo de llenarme la taza por segunda vez y pienso en que la industria cafetera debería agradecerme de alguna manera tanta fidelidad.

El café tiene un poder de seducción que no tiene ninguna otra bebida. A mi me vuelve loco. Y es la que más citas pendientes tiene. Dos amigos el instituto que se encuentran después de un tiempo largo sin verse. “Hombre Juan, que pasa tío. Hay que joderse cuánto tiempo sin saber de ti. ¿Que tal te va la vida? Me dijeron que te casaste. A ver si tomamos un café y nos ponemos al día”. “Joder Luis”, contesta el otro. “Es verdad, hace que no nos vemos un montón, creo que desde que te fuiste a Salamanca a estudiar la carrera. Me alegro de verte. Te veo bien, cabrón, y sigues teniendo el pelo largo y bien puesto. Seguro que ninguna niña se te resiste. Siempre fuiste un gigoló. Ahora tengo un poco de prisa, y no puedo quedarme a charlar contigo más tiempo. ¿Sigues teniendo el mismo número de móvil?  Ya te llamo esta semana o la que viene y quedamos a tomar ese café y me cuentas”. Pues eso, que ya te llamo y quedamos, y yo ya yo… y al final la casa sin barrer.

No sé si os pasa a vosotros o a mi solo, pero esta conversación o alguna muy parecida la he tenido en muchas ocasiones con amigos de la infancia o más recientes, a los que te encuentras un día por la calle y dejas pendiente un café que sabes que será complicado de tomar por no decir imposible. Y así hasta la siguiente vez que te encuentras de nuevo y recuerdas que ese café sigue ahí a la espera. Pacientemente. El café de la marmota.

De todas formas estoy acostumbrado a tomar café en soledad. Y además lo prefiero. Ya sea de mañana, de tarde o de noche. Me gusta sentarme en una terraza a mi bola, sólo con la cajetilla de tabaco, la libreta y el boli cerca, y disponerme a ver pasar a la gente y la vida. Fijarme en lo que me rodea mientras le voy dando pequeños sorbos a la taza y caladas al cigarro. Es algo que me relaja y le doy al coco. Yo lo llamo cafeterapia. Muy recomendable, pese a lo que digan los matasanos.

Dicen que el café tiene propiedades que desintoxican, y que es genial para tratamientos corporales y de la piel. Cuentan que se reduce la celulitis, se tonifica e hidrata la piel, los músculos se revitalizan, se activa la circulación sanguínea y se previene la retención de líquidos. cafeterapia

Pero no es esta la cafeterapia que yo propongo. La mía es más de andar por casa, más de tomar y asequible al bolsillo. Y tengo mis sitios preferidos para llevarla a cabo, como cualquier hijo de vecino supongo. Los suelo elegir por el producto y el trato, y no por la ubicación. Aunque lo ideal es que se junten las tres cosas. Buen café, un camarero amable y eficiente, que no sea muy pesado, y a poder ser una terraza que esté ubicada en una plaza más o menos concurrida, con buenas vistas y amplitud, y en la que poder observar sin ser observado mientras disfrutas de tu bebida y, sobre todo, del instante.

De lo que se entera uno en esos momentos. Casi siempre hay alguien sentado cerca que habla por el móvil y que se cree que los de su alrededor estamos sordos o un grupo que no para de darle a la sin hueso en la mesa de al lado poniendo verde a alguno o alguna, y al que no puedes evitar escuchar aunque no quieras, y sonreír. ¡Qué criticones, dicho sea de paso, somos los españoles! Cómo nos gusta enredar y meternos con todo lo que se menea mientras tomamos un café. Será por su poder estimulante. También te puedes encontrar a gente sola y sentada tranquilamente, que no quiere molestar ni que les molesten, viendo la vida pasar y pensando en su cosas. Personas con una historia y una existencia detrás, quizás alucinante o quizás normal, quién sabe, que nos intrigan y querríamos conocer. Y cualquiera que pase andando, en bicicleta o en coche junto a ti en ese momento tiene algo digno de ser contado y por lo que vivir. Y por sus gestos, la forma de moverse o de mirarte si los ojos se cruzan, te puedes hacer una idea o, lo que es mucho mejor, dejas volar la imaginación. Cafeterapia.

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