Los 40

Cuarenta tacos ya. Mejor dicho, cuatro décadas más un par de meses y once días. Echas la vista atrás y acojona. Aunque me suelo recordar que el mundo no se va a librar de mi tan fácilmente. Los cuarenta, dicen, es la edad de la madurez. La de tener la cabeza amueblada y no solo encima de los hombros. La única pega es que dejas de ser un treintañero para convertirte en un cuarentón.

Y si la esperanza de vida en un hombre está en los 79 u 80, digamos que ya me he ventilado la mitad. ¡Y yo con estos pelos! que diría aquél. La verdad es que nunca me paro a pensar los años que llevo encima ni me he llevado ninguna depresión por llegar a esta cifra tan redonda. Simplemente vas cumpliendo primaveras como si nada hasta que llega alguien y te lo deja caer, fría y escuetamente, de esta guisa: “estás echando tripa”. “Se te ve el cartón”. “Tienes canas en las barbas”… Normalmente el que te lo dice no se suele mirar mucho al espejo, dicho sea de paso.

Te das cuenta de que ya vas para abuelete cuando caminas por la calle y pasas delante de un patio en el que juegan varios niños con un balón. Un objeto dinámico que de repente se les escapa hacia donde tú te encuentras y te sueltan, inocentemente, la frase definitiva: “señor, señor, el balón, el balón. ¿Nos pasas el balón?”. La primera reacción es pegarle una patada a ese esférico que se aproxima y mandarlo a tomar por el culo. “Serán mamones estos críos. ¿Señor yo?”, piensas de primeras. Pero recapacitas durante cinco segundos, ese tiempo que no dejas pasar cuando tienes veinte, y te dices, ¡qué cojones! Y les devuelves el balón, con cierta habilidad y alguna filigrana, para dejarles un poco asombrados y decirte a ti mismo: “el que tuvo retuvo”.

Has llegado a los cuarenta cuando empiezas a contar más batallitas de lo habitual y además te lías. “Que sí joder, no te acuerdas de aquél concierto de El último de la fila cuando teníamos 17 en la Plaza de Toros, como lo pasamos con aquellas dos”, dice uno. “Que no joder, que eso fue después de la mili, cuando salimos a celebrar el cumple de tu primo”, contesta el amigo. “Que no hostias, ¿tú estás tonto? joder, que me acuerdo perfectamente que fue en la noche de San Juan, y que además había Eurocopa, joder, que me acuerdo que jugaba Francia ese día con Yugoslavia y las palmó con gol de Mihailovic de falta. Qué golazo por cierto, puso el balón donde pastan las vacas”, replica el primero. “Qué cojones de gol de falta ni de Eurocopa ni que dos pavas ni su puta madre, macho . Que te digo que no, y que ni San Juan ni pollas en vinagre. Era finales de verano y encima te pillaste una jumela que pa que. No levantabas ni la tapa del váter cabrón, como para que se levantara la colilla“, sentencia el segundo. Los 40.

Y si hablas más de pañales que de fútbol o del cambio de ruedas de Fernando Alonso en boxes; de que si tu hijo caga duro o caga blando; que si el colegio de los niños; que si lo listos que son; o te quedas en casa más sábados de la cuenta para ver la tele, es que, probablemente, ya has llegado también a la cuarentena.

Los que cumplimos cuarenta este año nacimos en 1976. Unos meses después de palmarla Franco. O sea, en plena Transición. Somos niños de la Democracia. Hemos ido a la EGB y estudiado BUP y COU. Los chicos hemos llevado un póster de Sabrina o de Samantha Fox en la carpeta enseñando cacho, mientras las chicas se enamoraban de Lorenzo Lamas, Rob Lowe, Rick Astley o Kirk Cameron, entre otros. Todos alucinábamos con Mc Giver, soñábamos con que un coche fantástico como el de Michael Knight nos fuera a buscar a casa, nos divertíamos con El Equipo A, Bud Spencer y Terence Hill. Y, seguramente, nos cogimos la primera cogorza y nos echamos el primer pitillo a finales de los 80 escuchando a los grupos de la movida, y nos pusimos chapas ácidas en la chupa vaquera o cordones de colorines en los playeros. Dicen que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. No lo sé. Pienso que todo tiene su tiempo y que cada momento hay que cogerlo por los cuernos, porque ya no vuelve.

Todo esto viene a cuento porque el pasado sábado estuve en una fiesta de los 40. De chavales y chavalas de mi pueblo, Peñafiel, en Valladolid, que cumplimos a lo largo de este año esa edad. Nos juntamos unos setenta más o menos y lo pasamos estupendamente. Buena compañía  y mejor música. Todo pop y rock español de los 80 y 90.

 

Hace poco leía a un tipo en un blog que escribía sobre aquellos que piensan que no hay nada mejor que las películas de los 80, la música de los 80, el cine de los 80. A los que define como pornostálgicos. Decía algo así. “Son seres, eminentemente masculinos y heterosexuales, que piensan que su infancia fue la mejor porque las películas molaban mucho, los dibujos animados eran de calidad y para niños, no como los de ahora, que en la movida tuvo lugar la última explosión verdadera de creatividad en España, no ahora que solo hay reggaetón de ese y las películas reunían una serie de valores para la juventud que ahora no existe, porque ahora todo es ordenador […]

Os dejo aquí el enlace por si lo queréis leer, porque no tiene desperdicio.

http://lareplica.es/el-pornostalgico/

 

¿Qué os parece?

Tampoco creo que sea para tanto. Supongo que a cada uno le toca su época y, obviamente, siempre será la buena para él, más que nada porque no ha conocido otra.

En fin, el caso es que me lo pasé pirata el pasado sábado recordando viejos tiempos y contando batallitas. Rodeado de buena gente y en compañía de nuestra música y nuestro ambiente ochentero. Con concierto, karaoke y cena incluidos. Y con eso me basta, mientras ya pienso en la siguiente.

Felices 40

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Desarmados

Esta noche me ha costado dormir. Y me he levantado pronto para ponerme al día. Estoy muy apenado por los franceses. Menudo añito que llevan nuestros vecinos. Se vuelve a repetir una nueva matanza terrorista en nombre de Alá. Ya son tantas en los últimos tiempos que apenas da tiempo a digerir una y nos encontramos con otra, cada vez más sorprendente y, lo que es peor, terrorífica. Esta vez no ha habido bombas, ni disparos de metralleta -salvo los de la policía para abatir a este lobo o lobos solitarios ya que parece ser que hay un segundo implicado- pero el daño ha sido terrible. Mientras tecleo estas líneas van 84 muertos confirmados y más de un centenar de de heridos, al menos una quincena de ellos en estado crítico. Víctimas, entre ellas muchas familias enteras y muchos niños, que disfrutaban de un espectáculo pirotécnico en Niza, con motivo del Día Nacional de Francia. Este país acaba de organizar una Eurocopa de fútbol, con lo que ello conlleva en materia de seguridad y todo salió bien. El presidente Hollande dijo no hace mucho que en estos días iba a levantar el estado de excepción del país, algo que ya no hará obviamente. ¿Fue un error? Puede. Ya da igual.

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Porque cuando un camión frigorífico es capaz de hacer lo que hizo anoche en una calle céntrica de una ciudad como Niza, recorrer hasta dos kilómetros atropellando y aplastando gente que saltaba por los aires, como si fuera una partida de bolos, cualquier cosa es posible, y siento que estamos desarmados, sin capacidad de poder hacer nada. Estamos desnudos ante algo que no entendemos, que se nos escapa a nuestro intelecto. Estamos expuestos. Coger un avión en Estambul, un tren en Madrid, el metro en Londres, acudir al concierto de tu grupo favorito en París, sentarte en una céntrica terraza de cualquier ciudad, disfrutar en un paseo marítimo de unos fuegos artificiales… es ya una profesión de riesgo. Te juegas la vida literalmente.  ¿Qué se puede hacer? No lo sé, cuando se lucha contra alguien a quien no le importa su vida y menos las de los demás, y cuyo único objetivo es crear cuanto más dolor y más muertos, mejor, supongo que sólo nos queda rezar o quedarnos en casa. Tengo la tele puesta a la vez que escribo este texto y escucho a un español, testigo de la masacre, decir algo que me llega dentro: “¿Quién puede esperar algo así? yo no he ido a ver ningún partido de la Eurocopa -Niza fue sede de algunos partidos- porque tenía miedo a un atentado, ¿pero esto?”, se preguntaba. “Nadie puede imaginarlo”, apuntaba, convencido de que pasada esta competición, el miedo había pasado y todo volvía a la normalidad. Desgraciadamente, nada más lejos de la realidad. Ya lo  anunciaba recientemente un líder terrorista: “si no tenemos bombas, cualquier método es válido para matar al infiel occidental”. O sea que no descartamos que vayamos por la calle y aparezca otro asesino de estos y nos rebane el cuello sin ton ni son. Al menos, me satisface escuchar a Susana Griso en la tele que las redes sociales, en este caso Facebook, han servido para que un bebé de ocho meses, al que su padre perdió mientras se sucedía el ataque del terrorista, ha sido encontrado sano y salvo. Consuela ver que no sólo hay odio en estos espacios virtuales.

Le pego un sorbo al café que me estoy tomando y le doy una nueva calada al chester que se me apaga en el cenicero, mientras finalizo estas líneas y pienso en que no. Que rezar no es suficiente salvo para consolar a nuestra mente. Que tampoco podemos quedarnos en casa y que debemos de seguir haciendo vida normal, ahora más que nunca. Salir a la calle y exponernos, que se vea que no nos arrugamos. Que no nos pueden doblegar así tan fácilmente. Que estamos desarmados, pero que no podrán con nosotros. Jamás.

Descansen en paz las víctimas.

 

Fuente fotos: abc.es

 

 

 

 

CASIO

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