La tres catorce

Me la preparó un amigo una noche de parranda hasta las tantas, aprovechando que el que escribe hablaba con una pareja a la que acababa de conocer, un poco plastas los dos. “Me voy a cambiar de agua al canario”, dijo. “Ok, aquí te espero”, contesté, parco, como suele ser habitual en mí a horas intempestivas, cuando ya suelo mover la comisura de los labios al estilo de Rocky Balboa cuando llama a Adrian. Despues de quitarme de encima a los pesados, y tras un rato buscando a mi amigo sin éxito, caí en la cuenta de que se había pirado a casa. Según me contó días más tarde, porque no podía más por culpa del alcohol y necesitaba dormir. Pasados unos cuantos años de aquello, y ya con la frialdad que da el tiempo, el sosiego y la experiencia de la vida, me atrevo a decir, sin ambages, que mi amigo se llevó a la rubia tetona que tenía entre ceja y ceja, y que me hizo lo que viene a ser la tres catorce.

Ocurrió también tras la presentación del libro de un escritor de poca enjundia, pero con cierto éxito entre las mujeres, en la casa de su editor. Al finalizar las palabras de rigor, algo pastosas y un tanto pelotas, y mientras se degustaban vinos y cervezas a tutiplén entre los numerosos invitados así como canapés varios, entre los que había de salmón con roquefort, anchoas con tomate, queso y pepinillo, jabalí con cebolla caramelizada y mostaza e incluso, creo recordar, que de piña con langostinos y salsa rosa, la mujer del valedor del plumilla decidía excusarse a su dormitorio, muy cansada según le dijo a su hombre, después de un día agotador. De una jornada maratoniana, que diría el gran José María García. Pero tras un rato largo y demasiado entusiasmo, nadie se percató de que el protagonista del libro, el insigne escritor, ya no estaba en el sarao. Tampoco importaba mucho. Fue el dueño de la casa y mecenas quien, con la apretura propia de los numerosos caldos de uva y de granos de cebada tomados con ligereza, decidió subir al dormitorio a miccionar. Lo que viene a ser echar un pis.

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La cara que se le quedó al susodicho al abrir la puerta y ver a su mujer encima del mujeriego, cabalgando cual jinete desbocado entre sus muslos y fornicando con sospechoso ardor e inusitado frenesí hasta, y ahora sí, el agotamiento, no tenía precio. “Pero esto que es.  ¡Fuera de mi casa! Y, de la novela, ¡olvídate!  Y tú, cacho puta, ya hablaremos luego. Será cabronazo el fulano, que me acaba de hacer la tres catorce”.  Fue todo lo que llegó a farfullar el cornudo. Mientras, el otro, se colocaba los pantalones, se subía la bragueta, y se marchaba tranquilamente, con la barriga llena y el sable limpio, aunque sin novela bajo el brazo. “¿La tres catorce? ¡Anda y que te ondulen!” se le escuchó al cerrarse la puerta.

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Me pasó también el otro día cuando caminaba por la calle en dirección al trabajo. Yendo por la derecha de la acera, vi aproximarse a una joven por mi mismo carril, por así decirlo. Ella, al percatarse, hizo ademán de cambiar de banda, mientras que yo pensé lo mismo y ambos ejecutamos al unísono o al alimón el mismo movimiento. Al observar los dos que repetíamos operación, volvimos a realizar un nuevo giro en nuestros pasos para no colisionar. Pero, con tan mala suerte en mi caso, que los pies se me toparon entre sí con tanto quiebro, para acabar dando con mis huesos en el duro y frío como el témpano suelo de la calle. La contrincante tuvo más saber estar y logró enderezarse a tiempo para proseguir con su camino sin nuevos contratiempos. Al levantarme, y ante las risas del respetable que siguió la jugada con atención, sentencié, resignado: “Me acaba de hacer la tres catorce”.

 

La tres catorce, qué gran frase, que vale para un roto y para un descosido.

En política, podría servir para definir la que le preparó Rajoy al resto de líderes tras las elecciones del pasado 20 de diciembre cuando rechazó en el último instante el ofrecimiento del Rey de optar a la investidura. También vale para Pedro Sánchez cuando se propuso para lo mismo a Felipe VI, aún a sabiendas que no llegaría a buen puerto.

E incluso, la tres catorce, puede ser la mujer del número Pí. Y si fuera Barragán, diría que vale también para pedir.

La tres catorce se usa cuando alguien te la juega, te manipula, putea o fastidia. Es un recurso muy socorrido aunque no deja de ser una frase hecha, tan típica nuestra, que proviene de una llave de tuercas española de boca abierta y fija, que puede ser utilizada para tornillos o roscas de dos calibres o tamaños medidos en milímetros, aunque sea una perversión de la original: la trece catorce, que por cierto no existe.

Sí que tenemos, por su parte, las 6-7, 8-9, 10-11 y 12-13, para luego saltar a la 14-15 y 16-17, y dar un nuevo brinco hasta la 19-22, 19-24, y de ahí, finalmente, a la 24-27, 28-29 y 30-32.

Y es broma habitual en los talleres mecánicos mandar al novato en busca de esta inexistente llave, para escojone de los compañeros.

La tres catorce. Qué expresión para dar la bienvenida a junio.

Qué polivalencia la suya.

#FelizMiercoles

 

 

 

 

 

Fuente fotos: desmotivaciones.es

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3 comentarios en “La tres catorce

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