El zippo

¡Clic! Ese sonido metálico, directo, magnífico, inconfundible, embriagador, poco antes de volver a guardarlo en el bolsillo de la cazadora. Cualquier tiempo pasado siempre fue mejor, se suele decir. Esta semana he recuperado mi viejo mechero zippo de mis años de juventud, guardado durante años en su caja, en la que me le regalaron. Acostumbrado últimamente a usar los que me dan en el estanco al comprar el cartón de tabaco y que se acumulan en el interior de mis chupas, carteras y por toda la casa, no se por qué sí o por qué no me ha venido a la cabeza este veterano encendedor, compañero de aventuras en tantas ocasiones de mis años mozos, y que me ha hecho sentir poderoso. Color plata, rectangular, manejable, y con una serigrafía en relieve en la que aparece una mujer con taconazos y encendiéndose un cigarro con él, ligeramente inclinada hacia delante, aguantando también el aire en contra que recibe de lleno en la cara y que le mueve el pelo hacia atrás y le ondea el vestido corto que lleva puesto. Debajo una inscripción: 1935 Varga Girl. Perfecto. Si la belleza absoluta existe, este zippo sería un buen ejemplo.

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Abrir la tapa y hacer girar la rueda para que salga esa llama potente, poderosa, incombustible, con ese olor a gasolina tan particular y genuino, y encender un pitillo con él, no tiene precio. En un momento en el que comprar una cajetilla de tabaco y fumar un cigarro es una profesión de riesgo y no es precisamente la belleza personificada, con esas fotografías y esos mensajes que ponen los pelos de  punta, al menos mi viejo zippo me devuelve el placer  de aspirar el humo y disfrutar de cada momento mientras se consume el pitillo, y la vida. He decidido no separarme de él durante una buena temporada, aunque ahora tendré que reaprender a manejarlo como Dios manda.

Porque un zippo no es cualquier cosa ni se puede utilizar de cualquier manera. Requiere un estilo, una pose y un saber estar especial. Es un juego de mano y dedos específico y muy particular. No vale con destaparlo, abrir fuego y cerrarlo como si nada, como si tuvieras entre manos una vulgar caja o un arma peligrosa de la que te quieres deshacer cuanto antes.Se necesita práctica, técnica y coordinación. Tiene que ser un movimiento rápido del dedo gordo, primero con la parte superior para abrir la tapa y después con la posterior para hacer girar la rueda y que salga la lumbre. Y, finalmente, con un golpe seco con el índice de la misma mano devuelves la tapa a su lugar de origen. ¡Clic! Pim, pam, pum. Tres gestos, tres. Sencillos, vertiginosos, sublimes. Como un duelo al sol a lo Clint Eastwood, ante tu peor enemigo. Te sitúas, observas, desenfundas, disparas, guardas, relajas, disfrutas… regresas a la realidad.

Pero, sobre todo, el manejo del zippo requiere de un sello propio. Es algo que debe formar parte de ti, que debes sentir y que te sientan.

¡Clic! ese sonido, que se oye una vez más al encenderme un nuevo pitillo mientras termino estas líneas que no pretenden incitar al consumo de tabaco, sino expresar momentos  de mi existencia, que revelan quien soy y quien seguiré siendo.

Un nuevo ¡clic! Aspiro. Cierro los ojos, sueño y me dejo llevar junto a Varga Girl a mi lado, inseparable ya.

#Feliz sábado

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4 comentarios en “El zippo

  1. Yo tengo algunos por ahí, siempre me han gustado esos mecheros, pero, como tú dices, los que nos regalan en el estanco son más cómodos de usar y no te importa que te los roben los ladrones de mecheros, que hay muchos sueltos. 🙂

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