Felicidad y formación humana

Leo una frase en twitter de esas que te remueven por dentro y que me hace acudir raudo a esta página para escribir unas líneas y compartirlas con vosotros: “La felicidad no depende de lo que tengas, depende de lo que piensas”. No sé de quién es. Seguramente tenga origen asiático, pero tiene su aquél. Definir la felicidad es complicado. Cada uno es feliz o trata de serlo a su manera, si le dejan. Siempre digo que la felicidad es tener salud, un trabajo cualquiera en el que puedas desarrollar tus capacidades, y alguien cerca que te quiera y te apoye en los malos momentos. Casi nada, o casi todo. Pero vivimos en un mundo que funciona y se mueve demasiado deprisa, donde lo que prima es la búsqueda del éxito personal de cada uno. Nos ha tocado estar y formar parte de una época en la que el ego, el narcisismo y el individualismo prima por encima del bien común. Algo falla cuando el objetivo en la vida es tener un coche mejor que el del vecino, un casoplón en la playa o un puesto directivo en una multinacional de prestigio. Algo falla cuando un participante de Gran Hermano o de Mujeres y Hombres y Viceversa, es nuestro modelo a seguir. Algo falla cuando damos esperando recibir algo a cambio. Y algo falla cuando las políticas de los gobiernos no ponen a las personas en el centro de su actuación. La sociedad nos exige triunfar en lo que sea y a cualquier precio. Si no eres alguien, no eres nada. Y aún con el riesgo que supone generalizar, somos infelices cuando no destacamos por encima de los demás y cuando fracasamos en nuestro objetivo de ser los mejores en cualquier faceta de la vida. Y si las cosas no salen como esperamos, solemos cortar por lo sano, sin importar el número de cadáveres que dejemos por el camino. Malos tiempos para la lírica, cantaba Golpes Bajos.

Pensamientos-positivos

Esta semana entrevistaba a una persona que lleva gran parte su vida trabajando por mejorar la calidad de vida de las personas con problemas de salud mental, la enfermedad del siglo XXI y de la que nadie está exento de padecer en algún momento. Su diagnóstico era claro: falla el sistema educativo, que no los profesores, a los que reconoce saturados por la excesiva responsabilidad a la que se ven sometidos cada día a la hora de enseñar y educar en las aulas. “Echo en falta mayor formación humana y en valores en los colegios”, me contaba este hombre, preocupado también por el aumento que han detectado en la asociación que preside del número de casos de niños y adolescentes de entre 6 y 18 años con trastornos mentales, y para quien la sociedad no está preparada para afrontar lo que nos viene al respecto ante las nuevas formas de vida y de comportamiento actuales. Difícil solución se me antoja si la respuesta debe pasar por la Educación con mayúsculas en un país en el que las leyes educativas se cambian constantemente y no hay un consenso claro sobre el camino hacia el que nos debemos dirigir. Pero este sería otro tema para hablar largo y tendido otro día. Esto es lo que hay y habrá que tirar para adelante, pensar en positivo y tener esperanza de que un mundo mejor y más feliz aún es posible.

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