CSI canino

Esta semana he pisado un mierda de perro. Fornida, bien hecha, ni muy dura ni muy blanda. Con una forma un tanto abstracta y surrealista, que ni Miró sería capaz de pintarla o esculpirla parecida. No sé si el resto esparcido en la calle era de un can de pura raza o mezclado, pero lo que sí se es que debía de ser un animal grandote, de un mastín por lo menos, y que está bien alimentado. Lo que, como defensor de los animales que soy, me llenó de satisfacción. Dicen que pisar una cagada de perro da suerte y raudo pillé a un vendedor de la Once para comprarle un cupón. Soy un poco supersticioso con estas cosas. Pensé que era una señal y que mi vida podía solucionarse de inmediato. Nada más lejos de la realidad. Otra vez será. Pero como suele decirse, al menos he contribuido a un gran labor social.

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Lo peor de pisar una mierda de perro es la cara de tonto que se te queda, aparte del tiempo que tienes que dedicar a limpiarte la suela de los zapatos y de lo incómodo que resulta dar unos pasos. Esa sensación de que te resbalas, de que no te has quitado la mierda del todo, y de que todo el mundo te mira y parece que te están llamando marranote y torpe con los ojos. Y eso sin contar el agradable olor que te acompaña hasta que finalmente llegas a casa y coges la bayeta de turno. La de color amarillo. Sí, esa que tenemos todos en casa y que vale para un roto y para un descosido. También para dejar como una patena tus zapatos impregnados de mierda animal. Y es que cuando pisas una cagada de perro sueles acordarte de todos los santos habidos y por haber, y de la madre que parió al chucho o chucha. Aunque luego piensas que qué culpa tendrá el pobre animal, y te centras más en su propietario/a. Les pones incluso cara. Será cerdo el perroflauto/a de los cojones. Porque siempre pensamos que el dueño o dueña debe de tener unas pintas asquerosas y un tanto sospechosas. Pero tampoco. Mal pensado de mi. Porque ese día, sí, ese en el que pisé la mierda de perro, pude comprobar con mis propios ojos poco después, como un chucho hacía sus necesidades en una esquina y su acompañante y paseante, un hombre de unos cincuenta años, bien vestido y sin nada en su figura o aspecto que pudiera indicar que fuese un cerdo, se piraba tranquilamente sin recoger los excrementos de su tranquilorro animal, que dicho sea de paso debió de perder un kilo de peso con lo que dejó allí plantado. Curiosidades de la vida, cuando llegué a la redacción del periódico en el que trabajo, y echando un vistazo a la prensa en internet, leí la siguiente noticia: “Bonares -un pueblo de Huelva- primer municipio de España en crear un banco de ADN de perros para identificar las heces dela calle”. Toma ya, me dije. Bien hecho, pensé. Un CSI canino que será capaz de identificar a los dueños de los animales y de esta forma poder sancionarlos. Desconozco si estará Grisson o Mac al frente de la unidad. Pero como debe ser la cosa en Bonares para que hayan tenido que llegar a tanto. Será que es una zona minada. De guerra. El caso es que este banco de ADN perruno no se si será la solución para que haya paz y los ejércitos se entiendan, porque, como todo en la vida, sin educación y sin un mínimo de respeto hacia los demás, no habrá cura posible. Pero menos da una piedra.

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Y mientras enseñamos a los perros a usar una escoba y un recogedor, yo, por si acaso, intentaré estar algo más atento cuando vaya por la calle.

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