Australia tendrá que esperar

He montado en avión en ocho ocasiones. Dos de pequeño, con apenas tres o cuatro años, en un viaje de ida y vuelta a Mallorca, del que no me acuerdo un pijo, pero que en el que según mi madre no hacía más que dar la lata y preguntar por todo lo que se movía, fuera objeto o ser humano. La niñez, divino tesoro. Qué sabría yo por aquél entonces de lo que era subirse a un trasto de estos de los que aún me pregunto cómo es posible que puedan volar sin que se caigan a la primera de cambio. Las seis vuelos restantes han sido más recientes, aunque han pasado ya al menos ochos años, en sendos viajes que hice a Londres e Italia por motivos laborales. No me gusta montar en avión. He de reconocer que tengo más miedo que espanto y que seguramente no volverán a verme surcando el cielo. Del viaje londinense recuerdo que una vez en el aire, fue plácido y sin sobresaltos, pero también que me subí a un avioncito, del que no digo el nombre de la compañía, que era más fino que un spaguetti, y en el que íbamos un poco hacinados. La noche anterior y durante el viaje desde Valladolid hasta la aeródromo leonés, que era donde embarcábamos,  cayó una nevada espectacular. Y ya en la base de La Virgen del Camino, la nieve lo acaparaba todo y yo me dije, se suspende el vuelo. Iluso de mí. Al subir las escaleras cerca estuve de bajarme y de fingir algún tipo de malestar físico para quedarme en tierra. E incluso creo que pregunté a alguien si tenía alguna pastilla de esas que le daban a M.A. Barracus en la serie del Equipo A para poder pasar el trago. Finalmente, hice de tripas corazón y me subí, o más bien el de atrás me empujaba para que me diera prisa. Del regreso recuerdo como si fuera ayer, la cogorza que se agarró una compañera de profesión de un medio de comunicación leonés que tenía miedo no, lo siguiente, y para la que su única forma de subirse al avión era tomarse unos cubatas antes para luego dormir la mona durante el vuelo. Concretamente, whisky con coca cola. Con un par. No he vuelto a saber de ella y espero que no haya montado muchas más veces en avión, por el bien de su hígado. Del viaje a Italia, fueron cuatro las ocasiones que tuve que volar entre ida y vuelta puesto que hicimos un trasbordo al llegar a Roma con destino a la zona del Adriático. Y lo mismo a la vuelta. De aquella experiencia no se me olvida la cara de lerdo que se me quedó nada más subir al avión en Madrid al ver a tres fulanos musulmanes barbudos con su turbante y portando unos maletines que llevaban encadenados a su muñecas. De esta no salgo, me dije. Acojonado todo el vuelo pensando en que en cualquier momento el aparato saltaba por los aires. Pero aquí estoy, vivito y coleando. Y desde Roma a Senigalia, creo que era, nos subimos a un aparato de hélices, un poco antiguo, en el que me tocó sentarme en la parte de atrás junto a la ventana, con las hélices a mi lado y aguantando el “rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…” durante todo el vuelo en compañía de un personaje, de origen ruso o de por allí, que no dejó de toquetear su Blackberry durante el trayecto. De los nervios me puso el tío. Creo que ahí juré por las tres hijas que no tenía, y que sigo sin tener, que no volvería a subirme a un avión. De momento he cumplido.

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Todo este rollo viene a cuento porque hoy hace un año del accidente de avión A-320 de la compañía alemana Germanwings en los alpes, que cubría el trayecto entre Barcelona y Dusseldorf, y que estrelló de forma deliberada el copiloto teutón Andreas Lubitz tras hacerse increíblemente con los mandos del aparato, en un siniestro que se cobró la vida de 150 personas. Impresiona la recreación que se hizo del suceso y cómo actuó el copiloto. También las imágenes de los restos esparcidos por la montaña. Un suceso que se produjo poco después de que viera la película de “Relatos salvajes”, en la que en una de sus historias, un fulano estrellaba el avión contra la casa de sus padres y con sus enemigos en vida en el vuelo. Macabra casualidad. La realidad supera siempre la ficción. Durante todo el día de hoy se recordará este siniestro con distintos actos en los países en los que hubo víctimas, entre ellos España, de donde eran medio centenar de los muertos. En este año han cambiado cosas, como es lógico, en materia de seguridad y prevención por si el piloto tiene que ausentarse de la cabina. Los familiares de las víctimas piden más control para evitar nuevas tragedias de este tipo, especialmente en el ámbito psicológico de los que manejan los aparatos, y que se depuren responsabilidades. ¿Pero es suficiente? No lo sé, y seguramente no. La mente humana y la perversidad del hombre es capaz de todo. Vivimos en una época de zozobra continua y de extrema seguridad en los aeropuertos por el terrorismo. La tecnología avanza en materia de seguridad a pasos agigantados, pero se siguen produciendo tragedias aéreas. Sucesos que conmocionan por las cifras de muertos que registran, y porque los pasajeros poco o nada pueden hacer una vez que están en el aire. Vidas e historias rotas que pasan a engrosar una lista negra.

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No creo que me suba más a un avión, aunque nunca digas nunca jamás. Quizás con algún tranquilizante para caballos o dos o tres cubatas… Sigue siendo el transporte más seguro, de eso no hay duda, pero el miedo es libre. Siempre he querido ir a Australia. Un profesor en el instituto decía que era el mejor sitio para vivir. Espacio de sobra, buen clima, y, sobre todo, poder cumplir su sueño de que una cangura le llevara dentro de su bolsa marsupial de un lado a otro como el que coge el metro, pero a base de brincos. Pero me temo que Australia y los canguros tendrán que esperar. Y aunque supongo que no es lo mismo, ahora hay unas fotos estupendas en internet.

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