En lista de espera

Entre que “si yo que si tú, que si la banda del Cocú”, o que “si fue que si vino, que si pelos en el chumino”, estamos ya casi a mediados del mes de marzo, con apenas unos días por delante para que entre la primavera, que la sangre altera aunque a algunos exaspera. Y salvo un poco en enero, la semana final de febrero y el principio de este mes, frío, frío, lo que se dice frío, no ha hecho en este invierno que ya se nos escapa. No sé si será por el cambio climático, por culpa del PP de Rajoy o del siempre recurrente Mourinho, o, como diría Modestia Aparte, son cosas de la edad. Pero el caso es que cada año que pasa o que me hago más viejo, tengo la sensación de que la rasca de antaño no es la misma de hogaño, y que el crudo invierno ha pasado a mejor vida. Ni siquiera la famosa marmota de Punxsutawney, del estado americano de Pensilvania, ha podido predecir nada este año. ¡Vaya mierda de frío¡ Pues bien ¿no? dirían algunos, quizás la mayoría. Y es que en estos lares castellanos cuando arrecia el frío, bromas las justas. Y conviene tener a mano una buena pelliza para abrigarse. Pero a todos nos gusta que el sol brille en todo lo alto y que incluso nos sonría un poco al levantarnos cada mañana o nos guiñe un ojo de compadreo al mediodía como si nos diera la seña del mus de que lleva la treinta y una. Pero por otro lado, ya lo dice el refrán: “año de nieves, año de bienes”, así que mal augurio para este 2016. Además, esta escasez de frío, esos sabañones olvidados,  esos guantes que se quedan en el cajón oliendo a madera o ese vaho que ya no sale de la boca al respirar mientras paseamos por la calle, me hace pensar en si no estaremos ante la inminente llegada de un cataclismo o del Apocalipsis mismo, con sus cuatro jinetes cabalgando sin sus cabezas hacia nosotros con no muy buenas intenciones. Aunque, para qué engañarnos, lo que más me jode de este veraniego invierno es que no he podido colocarme encima de la cabeza un gorro de lana verde, con borla incluida del mismo color con toques marrones, muy mono él. Tampoco ha dado lugar a ponerme un par de bufandas, que compró mi mujer para compartir, y que están ahí, dobladas en el vestidor y en lista de espera, como si fuesen un enfermo de riñón que espera su órgano salvador, y ansiosas de ser rescatadas de su ostracismo para lucirse en la capital. Un fastidio. Pero quedan, según el calendario, unos pocos días invernales aún y no pierdo la Fe ni la esperanza. Pienso en una blanca primavera, en que los peces suban por las montañas y los conejos naden en el mar. Dicen que si en marzo mayea, en mayo marcea, pero también que tanto va el cántaro a la fuente, que al final se acabó comprando un bonobus. Y mañana suben las temperaturas. Surrealista.

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